A él también le pegó el cuarentazo

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actualidu620Por Sebastián Wainraich | Revista OHLALÁ!

El pasado 23 de mayo, cumplí 40 años. Cuarenta. Antes, otras personas tenían 40 años: mi jefe de cualquier trabajo, un periodista, una veterana que me atraía, un colectivero, un tío, incluso mi propio padre. Sí, mi papá tuvo 40. Yo lo vi. ¿Y ahora? Pocos me dicen que parezco más, por el tema de la calvicie y tal vez por otras cuestiones. Pocos me dicen que parezco menos, que la pelada hace que uno siempre esté igual. Pero la mayoría se guarda sus opiniones y me pregunta cómo me siento, si sufro la crisis de los 40, si se me pasó rápido. Sí, se me pasó rápido. En realidad, ya no sé cómo medir el tiempo y cómo calcular si todo esto es rápido o lento. Es como en las vacaciones: si te vas una quincena, en los últimos días sentís que pasó rápido pero, a la vez, que llegaste hace un montón. Es probable que sienta algo parecido. Eso sí: ojalá no sean los últimos días. Me gusta vivir. Y por ahora, no está en mis planes morirme, y las ideas que acá se barajan sobre la muerte no me resultan del todo atractivas. Paraíso, infierno y purgatorio se parece más al título de una obra de teatro de revista que a opciones que vienen después de este mundo. Que todo termine acá (suelo pensar que es la verdad) no es muy feliz. Algo tiene que pasar después. Que haya reencarnación me divertiría, pero todavía no me siento apto para vivir una segunda vida. Primero quiero resolver varias cosas de la primera. Compro eso de que cuando te morís vivís en el corazón de los que te quieren. Me parece lindo. Y, de algún modo, real. Vivir en el corazón de los que te quisieron. Parece lógico. Compro. Pero por ahora estoy bien viviendo en mi casa, con mi mujer y mis hijos, cerca de sus corazones pero del lado de afuera. Si la vida es un viaje a Mar del Plata, con suerte estoy en la mitad, en el kilómetro 202. Acá no hay manera de detener el tiempo, bajar, estirar las piernas y comer en una parrillita de la ruta. Acá, el reloj cuenta todo el tiempo. Pongamos que hice la mitad del viaje. Ahora viene la parte en la que se maneja más cansando, con más molestias, en la que cuesta encontrar una posición cómoda. Y si la vida fuera un partido de fútbol (otro día lo hablamos, chicas, pero les juro que la vida y el fútbol a veces se parecen mucho), estaría por arrancar el segundo tiempo, el que da la sensación de que pasa más rápido pero que, a la vez, es más emotivo y en el que el público más grita. El domingo a la mañana, vi a tres veinteañeros que tal vez no habían dormido y ya estaban con sus bolsos preparados para ir a jugar su partido. Yo pasaba de la mano con mi hijo y los dos habíamos dormido poco. El paso era lento y cuando lo alcé a upa mi espalda se quejó. Ya se lo hice saber a un doctor, que me dijo que los discos se dañan y que es normal que me duela. Y que no se puede hacer nada. “Mirá los 40, cómo me las hacen pagar”, pensé. Y qué fácil ser médico, te fijás en la fecha de nacimiento del paciente y le echás la culpa a eso. Antes, me hizo caminar en bóxer, medias y en cueros. Para atrás y para adelante. En puntas de pie y con los talones. Dejé la dignidad en ese consultorio para que él me dijera que es normal lo que me pasa y que no tiene solución. No es justo. Pero ese doctor debe tener 60, y con algo de paternalismo y de venganza me dio la bienvenida al segundo tiempo. “Hacé deportes”, me dijo el doctor. “Y salvo que el dolor se vuelva insoportable, seguí jugando”. Salí del consultorio, subí al ascensor, llegué a planta baja, abrí la puerta del edificio y estaba en la calle otra vez. Sentí que era un equipo saliendo a la cancha. Hice de cuenta que la gente que andaba por ahí era mi hinchada. Entonces supe que arrancó el segundo tiempo y que ya estaba listo para jugarlo.