Atacama, inmensa y transparente

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atacama-inmensa-y-transparente-1San Pedro de Atacama es el punto de partida de un recorrido por esta desértica región del norte chileno, que enlaza los deslumbrantes paisajes de la Cordillera con el legado de culturas prehispánicas.

Siglos después de haber sido objeto de veneración por parte de los primeros pobladores atacameños, el volcán Licancabur no deja de ejercer su poderoso embrujo sobre los hombres que se le acercan. Por aquí anduvieron los incas que habían extendido los tentáculos de su Imperio hasta el centro y el norte de Chile, conquistadores españoles algo desorientados y ambiciosos aventureros, que codiciaban los tesoros mineros de la Región de Atacama. A excepción de un puñado de audaces escaladores -que se arriesgaron a treparlo para deleitarse con la panorámica excelsa desde la cima-, cada cual se limitó a admirar su estilizada silueta desde una distancia prudencial.

La montaña sagrada del norte chileno no avisa cuando se dispone a disparar su carga de lava. Casi 6 mil metros abajo del pico blanco que corona el cono perfecto se detectan las marcas dejadas por los estallidos de cólera del Licancabur, al que cada tanto emulan el Sairecabur, el Llullaillaco, el Lascar, el Paniri y el Putana, los otros colosos de piedra plantados junto a la triple frontera que hermana a Chile, Argentina y Bolivia.

De cara a la Cordillera y al cielo más límpido que un astrónomo pueda pretender, el desierto atacameño se alarga hasta el horizonte como una planicie tan despejada como difícil para transitar, sea cual fuere el medio escogido para abordarlo. Invariablemente, las excursiones que se inician en San Pedro de Atacama tropiezan con geoformas asimétricas, lagunas de altura inmóviles sobre campos de sal y aguas calientes que se disparan hacia el cielo -envueltas en los vapores de los géiseres- o se precipitan sobre pozos termales.

Trekking sin apuro
Las severas condiciones que impone la naturaleza obligan a los visitantes a reservarse un tiempo para aclimatarse. Advertido de que el mal de altura acecha ante cada esfuerzo desmedido, el guía Francisco recomienda equiparse con abrigo y una cantimplora de agua y subraya que conviene tomarse con calma la primera excursión, apenas un reto después de la llegada a San Pedro de Atacama desde el aeropuerto de Calama.

La primera actividad pudo haber sido una relajada visita a las tiendas de los artesanos del pueblo o un circuito en el spa del hotel Tierra Atacama, un dechado de lujo, aunque discreto, decorado con la vista franca del volcán Licancabur. Pero ni el más placentero de los paseos es capaz de superar al trekking por el Valle de la Muerte, coronado por el incomparable espectáculo de la puesta del sol. Para acceder a esa postal encendida que asoma a las 6 en punto de la tarde hay que acelerar los pasos sobre el suelo irregular de la Cordillera de la Sal. Una viboreante caravana de periodistas y fotógrafos trastabilla seguido y retoma la marcha a los tumbos en la ladera tapizada de arcilla, arena negra y ceniza volcánica. Las rocas emergentes sirven como improvisados bastones para respirar profundo y recuperar fuerzas. La piedra más irregular -recubierta de cristales brillantes- es el último escollo a salvar para poder saltar a la cima.

Allí, a 2.700 metros de altura, surgen los primeros arrebatos del viento cordillerano. Golpea en la cara aunque no llega a borronear la maravillosa vista del valle amarillento -descolorido por gruesas franjas de sombra- y los picos enrojecidos que cortejan la silueta del Licancabur, coronada por un manchón de nieve.

“Compadre, si sigues por la calle Caracoles, pasas por un río seco y te encuentras con una puesta de sol alucinante”, redobla la apuesta un rato más tarde en la zona comercial de San Pedro de Atacama el orfebre Rodrigo Peña Herreros, sin dejar de prestar atención a una pieza de platería mapuche -su especialidad- a medio terminar.

Ambiente telúrico
Las figuras plasmadas en las piezas de cobre del artesano, que recrean milenarios trazos de arte rupestre, vuelven a evocar el desierto, la montaña y el indisoluble vínculo de las culturas originarias con su entorno natural. De fondo, las voces de Violeta Parra y Mercedes Sosa completan la atmósfera telúrica, que aquí es ajena a las impostaciones para atraer turistas.

El apego a las tradiciones ancestrales también está latente en los artículos exhibidos por Carmen López y Mario Carbajal en la tienda Mallku. Entre una colección de antiguos tejidos artesanales imposibles de valuar se levantan objetos de cerámica ornamentados con incrustaciones de espinas de algarrobo y madera de chañar. López conmueve con palabras sencillas, que denotan orgullo por el suelo chileno donde nació, aunque deja deslizar alguna turbulencia en tierras nórdicas: “Soy afuerina, venida de Santiago, y reconozco que para las mujeres de otros sitios no es fácil insertarse en la sociedad de San Pedro, vivir y trabajar aquí”.

La mañana asoma con el cielo despejado, una constante en Atacama, donde las noches indefectiblemente vienen acompañadas por el catálogo completo de astros, constelaciones, asteroides y franjas de polvo interestelar. Rumbo a Puritama, el lecho seco del río Vitama es el más pronunciado de los profundos acantilados que bordean el camino de ripio. Atrás, la fumarola del volcán activo Putana dibuja un rulo grisáceo sobre el fondo azul del cielo. Después, el sol sin obstáculos es el poderoso reflector que ilumina una caminata de casi dos kilómetros en procura de los placeres que prometen las aguas termales de Puritama.

Terrazas de cultivo de quínoa y cimientos de construcciones de la antiquísima cultura Lican Antay (“gente de acá”, en lengua kunza), rebautizada Atacama por los conquistadores españoles, demandan continuas paradas y sesiones de fotos en la quebrada del cañón del río Purifica. El sendero se abre paso entre rocas rosadas y cortaderas, guanacos y llamas que pastan escoltados por pastores, hasta estrecharse en un oscuro túnel sombrío, para terminar de perderse en el laberinto vegetal, que en ningún momento deja de rozar y raspar.

Placer en el agua
El agua corre a un costado, apenas visible y audible. Súbitamente, ese rumor que acompañaba como delicado arrullo se transforma en un ruidoso torrente que se vuelca en los piletones naturales del complejo termal. Una lengua de lava del volcán Sairecabur se encarga de calentar el agua a unos 32,5 grados de temperatura y suelta sobre los agraciados cuerpos que se sumergen su carga de sales, litio, potasio y bórax. Una vez que percibo el alivio que experimentan los pies sobre el suelo de musgos, piedra y arena, me entrego mansamente a las caricias del agua transparente. Por suerte, no se vislumbran razones para apurar el regreso al mundo real.

En el Observatorio Astronómico Ahlarkapin, Rodrigo Peralta invita a disfrutar del magno espectáculo de la noche a cielo abierto. Mientras el especialista brinda una charla educativa y exhibe un video en un salón, los aficionados reprimen la ansiedad por reconocer en el cielo la renombrada Cruz del Sur, la Galaxia de Andrómeda o la constelación Osa Mayor.

Lamentablemente, no es este el momento indicado para observar la estrella más brillante que deslumbraba a los primitivos atacameños. Se referían al planeta Venus, que se deja ver con nitidez con las últimas luces del atardecer o antes de que amanezca. En su lugar, el guía -encaramado con los visitantes sobre una plataforma al aire libre- señala para empezar, con un largo haz de láser, la ubicación exacta de Alfa Centauro -el astro más cercano al sol-, Antares -una de las estrellas más grandes-, la Gran Nube de Magallanes y las constelaciones de Sagitario, Escorpio y Libra. Habrá bastante más en ese rato único, cara a cara con el cielo, luego refrendado por el descubrimiento de más piezas de la Vía Láctea a través de un telescopio. Recién sobre el cierre de su clase magistral, Peralta se digna a explicar el porqué de este cielo incomparable, un imán poblado de misterios que atrae a científicos de todo el mundo: “Atacama es un gran desierto, en cuya atmósfera hay muy pocas moléculas de agua. También son muy escasas las poblaciones, lo que permite que no haya contaminación. Por eso, el cielo es muy limpio”.

Un gigante de sal
Al día siguiente volvemos a poner a prueba la resistencia de las piernas y los pulmones, durante una caminata por el sendero curvilíneo que recorta las gruesas costras del Salar de Atacama. La quinta planicie de sal más extensa del mundo (abarca 3 mil kilómetros cuadrados y en algunos lugares tiene 1.900 metros de espesor) es la réplica de un paisaje lunar teñido de blanco, en el que se cuelan pequeñas manchas celestes de lagunas, el hábitat de flamencos chilenos (sostenidos por patas rojas) y andinos (con patas amarillas), acompañados por los ejemplares juveniles, de color más bien pálido. Gracias al conocimiento del guía detectamos en una piscina natural los codiciados alimentos de las aves migratorias que se instalan durante meses en el salar: la artemia -uno de los escasos microorganismos que sobreviven aquí- y las algas.

Hacia el oeste vuelve a marcar territorio la Cordillera con su ejército inmóvil de volcanes. El viento, que había hecho su presentación como una tímida brisa que apenas incomodaba, ahora baja desde las altas cumbres a esta depresión sin horizonte a la vista con un bramido intimidante.

La temperatura primaveral desciende aceleradamente, a la par de la caída del sol. En el camino de regreso a San Pedro de Atacama, el pueblo de mineros Toconao -recientemente reactivado por la actividad de extracción de litio- brinda una escala necesaria para retemplar el cuerpo. El taller artesanal “El telar” agrega la calidez humana de Doña Luisa Zuleta y su hija. Con una sonrisa inamovible, la mujer se toma su tiempo para mostrar sus trabajos en piedra y corteza de cactus. En su relajada rutina también tienen cabida los cultivos de frutas, la producción casera de vino moscatel y sus obras cumbres: los tejidos de gorros, bolsos, bufandas y medias en lana de llama o de vicuña, valiéndose con una espina de cactus como aguja. “Por acá ya casi no teje nadie”, deja bien en claro y se larga a hilar pacientemente la lana en el huso que utilizaba su abuela y hoy es una reliquia.

Etapa final
La última mañana luminosa de esta movida incursión por tierras atacameñas reserva el desafío de subir hasta el Salar de Tara y soportar sin problemas la diferencia de presión atmosférica. La ruta 27 apunta hacia el paso internacional de Jama, que comunica el norte chileno con Jujuy. Tras deslizarse 140 kilómetros como una seda sobre la cinta asfáltica, la 4×4 encara a los saltos un desvío de ripio a la altura del cerro Loscoya.

En una estepa de altura se alcanzan a distinguir las últimas señales del humedal Kepiaco, alimentado por un manantial. Un dato a tener muy en cuanta es que las reservas de agua de la región lucen sensiblemente reducidas por la creciente actividad minera. Tal vez urgido por esa mancha oscura, el guía se apura en aclarar que la ausencia de aves en el lugar se debe a que el agua está congelada. Sobre la orilla blanqueada por el cloruro de sodio pastan vicuñas y corre un solitario zorro. La aridez más absoluta vuelve a imperar sobre una depresión encerrada por la cadena de montañas. Es el cráter de uno de los ocho mayores volcanes del planeta. El vehículo se detiene para que los pasajeros pisemos piedras y polvo volcánico y llevemos al menos un registro fotográfico de la llamativa formación natural El Monje de la Pacana.

Al cabo de 43 tortuosos kilómetros de ripio, la laguna Tara se abre en el corazón de un salar de 63 mil hectáreas, extendido a 4.300 m sobre el nivel del mar. Aguiluchos, vizcachas y flamencos hacen su vida en los bordes del humedal, sin inmutarse pese a ser observados con insistencia por los forasteros. Turistas y guías de distintos contingentes coinciden en la parada final de la excursión y los anfitriones improvisan un almuerzo, que no retacea algunas piezas infaltables entre los sabores chilenos: palta, quínoa, pollo, salmón rosado, queso, panes caseros, té de coca.

El sol está a sus anchas y enrojece los rostros de los turistas y guías, protegidos por gafas, gorros, sombreros y cremas solares. Alzo la vista para encontrar alguna nube y, a cambio, el cielo perfecto devuelve los brillos de su azul estridente. Otro manto uniforme se levanta a los costados: son las montañas, atravesadas por largas coladas de lava y salpicadas de nieve en las crestas más encaramadas. Son los inquebrantables pilares de Atacama.

Dónde informarse
(00-55) 285-1420 / (00-52) 221-2838/223-1510.