Caso Maxi: Oscarcito se entregó porque confía en la Justicia

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Dice un viejo apotegma jurídico que los que mejor cumplen con la ley son los delincuentes , porque cumplen a pie juntillas la letra de los códigos penales y hasta los procesales. Son los que mejor la conocen, y saben qué hacer para, cumpliéndola, eludir la Justicia.

La Justicia volvió a  mostrar que está por detrás de los hechos, lenta en su desenvolvimiento, tardía en su ejecución, va un paso o varios detrás del pensamiento, de la acción y de las intenciones de los maleantes.

Es lo que pasa y quedó demostrado desde el primer momento de la muerte trágica de Maximiliano Aquino.

Torpe, dando manotazos, en la oscuridad de sus propios enredos con el poder político, bajo la presión de la opinión pública, llevada por la estrategia de los actores, y tropezando con sus propias carencias, la Justicia está en los albores de un proceso que será largo, tan largo como el sentimiento de injusticia que comienza a nacer en la gente ante otro hecho que puede quedar impune.

Es cierto, si se quiere armar una causa, no hace falta más que voluntad en los fiscales y jueces, y se avanza. Ya hay antecedentes de cuando se la usó para causas de actores políticos, armadas para encarcelar o proscribir.

Pero aquí la opinión pública va por delante, y la Justicia deberá hacer de  verdugo antes que de juez imparcial, sino su descrédito será mayor.

Detenidos los supuestos autores del asesinato, quedan en el tintero muchos procedimientos que seguramente darán paso a muchas nulidades, muestra de las falencias que desde un principio ha tenido toda esta historia.

La grabación y publicación de una confesión arrancada al autor en una sede policial, sin ninguna formalidad legal, y más bien en el ámbito de una acción mazorquera, deja a la Justicia y  a la Policía más comprometida a la hora del proceso, que dejaría miles de interrogante: ¿hubo apremios?,¿en qué condiciones le sacaron la confesión?, ¿ estaba lúcido el confesante?. Y la pregunta que ya tiene respuesta negativa: ¿es válida en sede judicial esta confesión?. NO.

Consciente y conocedor de ello, Josele Altamirano se abstuvo de declarar luego. Sabe muy bien que no es válida su confesión pública, y que si zafa de la opinión pública, que en pocas semanas o meses más se va a  olvidar del escándalo, en el juicio tiene todas las de ganar manteniéndose callado.

Quedan las pericias por delante, pero ese es otro paso que puede llevar años en resolverse. Más aún si no hay un abogado que inste permanentemente en este tipo de juicios, algo que los padres de Maxi, en su lejanía de la Capital, les será difícil de seguir.

Mucho vale allí la conciencia del Fiscal, de la actitud que siga en la infinidad de causas a su cargo, que van a conspirar con su avocación a ésta en particular.

Luego vino la entrega voluntaria de Oscarcito Godoy, el cómplice de Josele.

La policía estuvo detrás de él y no pudo dar con su refugio a casi una semana del hecho. La inteligencia estuvo lenta en una ciudad donde todos se conocen, en la que los delincuentes tienen nombre, apellido  apodos y lugares  y vínculos que deberían ser conocidos por criminalistas. Se dice que estuvo escondido en una vivienda en La Olla, adonde le fue a buscar su padre. Éste ya había contratado un abogado que es conocido por ser un “sacapresos”. Una estrategia perfectamente armada sabiendo que la Ley está a su favor. Sobre todo si la ha cumplido desde un principio: el homicidio que supuestamente perpetraron está en la Ley, y lo habrían cumplido a rajatablas.

Luego es fácil seguir cumpliéndola, pues el Derecho está a su favor. Quedarse callados, cumplir los pasos procesales, utilizar los derechos de la defensa, y además, ser mantenidos por el Estado, -todos nosotros-, mientras dure su detención.

Ahora, el mal menor para ellos los favorece. Con todas las garantías de los detenidos, esperarán el juicio, si es que se llega a su elevación, con la tranquilidad de que los errores cometidos por el sistema los pueden dejar en libertad algún día.

“De la reja se sale, del cajón no”, es el lema sanlamuertino de Oscarcito, y es una convicción que va más allá de su creencia. Es la convicción de cientos de presos que se hallan esperando un juicio, sabiendo que en la lentitud de la Justicia, está la posibilidad de cumplir con el tiempo de la liberación.

Suena increíble, pero es una gran posibilidad.

Si no se aceitan los mecanismos judiciales, si no existe convicción de justicia en los que detentan el poder de ejercerla, si no hay libertad para juzgar con el juicio del criterio del sentido común, y si no se es consciente que se debe hacer cumplir las sanciones de la Ley a los delincuentes, con la mayor rigurosidad que exige el dolor de una sociedad, el sentimiento de la marcha por Maxi quedará en lo que predice el título de la nota anterior: será inútil.