Claves de las elecciones griegas: ¿giro a la izquierda? ¿miedo en Europa? ¿ascenso 'ultra'?

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NACHO SEGURADO

  • Los ciudadanos griegos, llamados de nuevo a las urnas en un país polarizado en lo político y traumatizado en lo económico.
  • ¿Cómo repercutirá en el contexto europeo? ¿Cómo se ve desde España? ¿Existe riesgo de que Grecia salga del euro si obtiene mayoría la izquierda de Syriza?
  • Grecia, el pistoletazo de salida en un decisivo año electoral para Europa.
  • El izquierdista Alexis Tsipras es el gran favorito para ganar los comicios.

Protesta en Grecia

¿Qué se recordará de la Grecia de hoy dentro de un par de décadas? Es una pregunta legítima y hasta cierto punto para nosotros, contemporáneos, triste. Las historias humanas, que durante los años de crisis han ocupado un lugar preferente en la prensa, quedarán relegadas a una línea de un párrafo aséptico donde el grueso dará cuenta de cifras macroeconómicas y alta política.

Esa ‘Gran Historia’ puede comenzar a forjarse este domingo. Grecia celebra elecciones generales anticipadas. Temor, incertidumbre, esperanza, cambio. Son los sentimientos maximalistas en un país cada vez más polarizado, cuyos ciudadanos no solo tienen la responsabilidad de elegir su propio futuro, sino que, a tenor del interés global, también la responsabilidad añadida de condicionar el futuro del resto de europeos.

Estas son las claves de unos comicios que marcarán el devenir deEuropa en los próximos meses y que podrían catapultar a la formación de izquierdas Syriza, el partido liderado por Alexis Tsipras, favorito en las encuestas, al poder en Atenas. Una victoria que, de producirse, abriría un abanico de escenarios políticos y económicos si no enteramente novedoso, sí al menos original e inexplorado.

Antecedentes: ¿por qué elecciones ahora?

Grecia llega a los comicios anticipados del 25 de enero tras un lustro de penurias. El país ha experimentado el mayor ajuste económico de una nación europea en tiempos de paz. Una sucesión de planes drásticos –trufados de rescates financieros diseñados por la famosa troika formada por la Comisión Europea, el FMI y el BCE– cuyo objetivo fue evitar la quiebra del Estado.

Una meta que parece haberse logrado, si bien a costa de precio altísimo. Un tratamiento de choque, la austeridad brutal, que ha dejado en una situación límite –socialmente desprotegida, económicamente hundida– a los ciudadanos griegos, en especial a las clases sociales desfavorecidas, funcionarios de los segmentos más bajos del escalafón estatal y jubilados con pensiones exiguas.

«La gente está cansada. Harta de la crisis y de los efectos de la austeridad. Todo el mundo tiene un amigo que ha perdido el trabajo, o un familiar que necesita apoyo económico». Este es uno de los testimonios recogidos por la periodista Mariangela Paone en su libro Las cuatro estaciones de Atenas (Libros del K.O., 2014), un fresco veraz y desolador de los efectos cotidianos de las políticas de recortes en el Estado de Bienestar durante estos años.

Hay muchas más evidencias así. Y todas confluyen hasta precipitarse por un mismo barranco argumental: el país necesita, de nuevo, un cambio de rumbo. O una salida de la ratonera. Así las cosas, a finales de 2014, el todavía primer ministro Antonis Samarás, del partido conservador Nueva Democracia, que gobernaba en coalición Grecia desde el 2012, jugó un órdago que le salió mal, y se vio obligado convocar elecciones.

Radiografía económica y social del país antes de los comicios

Grecia sigue siendo una incógnita económica. Tras el anuncio de elecciones anticipadas, el FMI suspendió el último tramo de la ayuda financiera al país, lo que hizo saltar de nuevo las alarmas sobre un posible impago de la deuda. Es decir, una vuelta a la casilla de salida del comienzo de la crisis.

Aunque hay signos, débiles (el PIB creció un 0,7% en el último trimestre del año pasado), de cierta recuperación, lo cierto es que el país arrastra hoy una deuda pública del 177% de su PIB. Es esta la parte del león que más está enconando el debate entre la izquierda, partidaria de la quita escalonada, y la derecha, empeñada en cumplir a rajatabla con los planes diseñados por la troika.

Además, otros datos macroeconómicos siguen sin servir de catalizadores de esa esperada recuperación. La inestabilidad de la Bolsa, con la prima de riesgo todavía cerca de los 1000 puntos básicos y el bono a diez años (lo que le cuesta al país financiarse respecto a lo que le cuesta a Alemania) por encima del 9,50%, mantienen al sector financiero y a los acreedores en una nerviosa vigilia.

El desempleo, que roza el 26% (solo por delante de España), la bajada drástica de los salarios (que desincentiva el consumo interno) y el abultado déficit, son otros de los números que no ayudan a contemplar con optimismo el futuro a corto plazo del Estado griego. «La economía griega», señala el investigador Pavlos Eleftheriadis en un artículo en la revista Foreign Affairs, «es una de las menos competitivas y de las más desiguales».

Socialmente, el coste de un lustro de severa crisis se hace palpable en el cansancio de una población que ha protagonizado 30 huelgas generales en cuatro años, que ha observado con estupor como los diferentes Gobiernos diezmaban sus sueldos y cómo se despedía funcionarios públicos a golpe de decreto ley. Una sangría que ha provocado el estallido del fino cristal que protegía a los más desfavorecidos, pero no solo a ellos. En Grecia, la crisis ha sido una pandemia que ha convertido en víctimas a quienes jamás habrían pensado verse en tal situación.

¿Qué opciones políticas compiten?

Grecia se ha polarizado políticamente. Eso otro de los efectos colaterales de la crisis. Las recetas sobre la mesa de las diferentes formaciones varían tanto que la adopción de un cierto consenso parece muy improbable. Hay polarización ideológica, pero también generacional. Salvo que la gran mayoría de griegos convocados a las urnas reniega de las recetas tradicionales, todo lo demás está en discusión.

El partido con más posibilidades, a priori y según las encuestas, de ganar el domingo es Syriza. Este partido de izquierdas, ‘hermano’ de Podemos, está liderado por Alexis Tsipras, un joven político al alza entre los jóvenes desencantados y que hace bandera del cambio en Europa a partir del cambio en su país. Para Tsipras, el sur de Europa debe marcar el camino –subida de impuestos, renegociación de la deuda, nacionalización de la banca– que luego habrían de seguir tanto España como el resto de países de la Eurozona.

Sobre las intenciones de Tsipras si llega al poder se ha dicho que podría echar por tierra la frágil estabilidad lograda en el país, pero también se ha recordado que los temores sobre una salida de Grecia del euro, algo imposible si no sale también de la UE, son infundados. ¿Por qué? Básicamente porque, como explica el corresponsal europeo Claudi Pérez en un artículo de opinión en El País, Tsipras lleva meses visitando los despachos del poder bruselenses. Nadie le teme en Europa, al menos nadie con el poder de decisión para hundir al país.

El principal rival de Tsipras y feroz adversario ideológico es Antonis Samarás, el primer ministro conservador (del partido Nueva Democracia). Su baza está siendo, en esta campaña electoral que parece situarle como segundo en discordia, el miedo. O yo o el caos, parece decir en cada intervención pública Samarás, para quien un triunfo de Syriza sería la antesala de la bancarrota, el desbordamiento de la inmigración y el crecimiento de la amenaza terrorista. Así, su receta es la continuidad: Grecia tiene que seguir cumpliendo con los acuerdos de los rescates financieros si no quiere hundirse más en el pozo.

Por detrás de ambos está la empequeñecida izquierda tradicional, el Pasok, el gran perdedor político de este lustro de crisis, y la extrema derecha de Amanecer Dorado, el partido que ha visto crecer su apoyo al albur del populismo oportunista y la desesperación de los ciudadanos y que finalmente sí ha podido presentarse a los comicios. El Pasok aspira a ser la llave del poder si Syriza no obtiene mayoría absoluta (aunque las últimas encuestan auguran un batacazo histórico que hasta podría dejarles fuera del Parlamento). Por su parte, Amanecer Dorado aspira a asentarse como tercera fuerza política con un programa radical: impago de la deuda y expulsión de la población inmigrante.

¿Cómo se siguen desde Europa los comicios?

El interés que despiertan las elecciones griegas es la muestra fehaciente de que en Europa ya nada ocurre de forma aislada. Grecia vuelve a ser la piedra de toque de la estabilidad presente y futura de la UE. Los mecanismos financieros con los que los 28 se han ido dotado para defenderse de futuras crisis hacen menos probable una reacción en cadena. Per, a pesar de estas nuevos diques, las viejas frases regurgitadas del pasado reciente («salida de Grecia del Euro», resumiendo) se han vuelto a oír entre pasillos y en los micrófonos.

Las instituciones europeas han adoptado un perfil bajo durante las semanas previas a los comicios. Sin parecer demasiado preocupados, los funcionarios bruselenses confían en que Grecia respetará sus acuerdos internacionales. O, lo que es lo mismo, que están seguros de que gane quien gane este domingo, todo –la línea económica marcada a fuego estos años- continuará por la misma senda. Algo así asegura el economista Francesco Saraceno, del Centro de Investigaciones Económicas y Sociales de París, para quien Tsipras lleva meses suavizando su discurso hacia posiciones de consenso socialdemócratas que, tarde o temprano, tendrán que ser aceptadas por los mismos que hoy solo quieren austeridad.

Lo cierto es que la UE no tiene por qué temer nada. Una gran mayoría de ciudadanos griegos sigue siendo fiel al espíritu europeísta, y aunque el apoyo al gobierno de la Unión es menor que hace años, no desean ni por asomo salirse del euro, como se constata en las cifras del último Eurobarómetro disponible, de noviembre de 2014.

En consonancia con los nuevos aires políticos tras las elecciones europeas de mayo pasado, parece que los dirigentes de Bruselas han asumido que el crecimiento –las políticas de crecimiento– tienen que ser la clave para el despegue tanto de la Eurozona en general, como de Grecia en particular. Es en este punto donde confluyen las propuestas de Tsipras con la brisa nueva en los despachos bruselenses. Una prueba de que la llegada al poder de Syriza no causaría un terremoto en Bruselas.

España, un testigo muy interesado

Desde España se observa con especial interés la cita electoral en Grecia. Quien más quien menos ha visto ya en el ascenso de Syriza y la pérdida de intención de voto de los partidos mayoritarios, un paralelismo con lo que sucede y puede suceder con Podemos y el resto de formaciones en un año de citas electorales.

¿Una victoria de Tsipras daría alas en España la formación de Pablo Iglesias? ¿O, por el contrario, un posible gobierno de izquierdas en Grecia, con todas las complicaciones que el país presenta y que no tienen fácil solución en el corto plazo, haría disminuir el apoyo a Podemos? La tentación comparativa es tan grande que la lectura en clave nacional de lo que suceda en Grecia ocupará a buen seguro tanto espacio como el resultado electoral en sí.

Ambos partidos, es cierto, coinciden en puntos programáticos como la auditoría de la deuda, el cambio en el papel del BCE, o la recuperación de sectores estratégicos de la economía. Pero también tienen otra cosa en común, ninguno de los dos gobierna. Y España y Grecia, aunque presentan coyunturas parecidas en determinados campos, también albergan diferencias, como explica el politólogo, director del ECFR en España, José Ignacio Torreblanca. Además, la trayectoria de Syriza en la arena política es mucho más dilatada, diez años, que la de Podemos, un partido de muy reciente creación y con una base inmadura de votantes.