Las ganas de ayudar y el afán por figurar, un trofeo llamado Wilson

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La extraordinaria histo­ria de Wilson, el uruguayo que durante casi tres años permaneció como NN en el hospital José Ramón Vidal de esta ciudad, tendrá que ser recordada y valorada como una monumental muestra de humanismo, propia de quie­nes dedican su vida a cuidar del prójimo. Ese gesto que enaltece al personal hospi­talario, estuvo marcado por la calidad profesional, pero fundamentalmente por la solidaridad, esencial para sostener semejante entrega.
Si hay héroes en esta his­toria, son ellos, los médicos, enfermeros, personal de ser­vicio del Vidal, que en silen­cio se brindaron por un des­conocido, lo cobijaron, le de­volvieron salud y esperanza. Y, como si fuera poco, tam­bién lo ayudaron a recuperar su familia y su identidad. Ta­rea cumplida. Felicitaciones con honores.
Sin embargo, como pasa siempre, los advenedizos es­tuvieron atentos para mon­tarse en el trabajo de otros con el afán de compartir un logro que no les pertenece. No es novedad la imperti­nente intromisión desde la política en los asuntos ajenos a su ámbito, pero por repe­tido, el descaro no deja de provocar escozor. La pren­sa también sumó su cuota de oportunismo y lo que es peor, de vedettismo.
Hubo algo de ambos acto­res, políticos y periodistas, en los últimos días, pujando por un descomedido prota­gonismo. Pelea insolente por una primicia, una palabra, una foto. Wilson, el trofeo.
“La historia es mía, desde el principio”, fundamentó con cara de pocos amigos el robusto movilero de una FM local a un fotógrafo devenido en gestor de un funciona­rio del Ejecutivo provincial que pugnaba por virarle los entrevistados. La escena se desarrolló en el hall de los Tribunales de Menores e In­capaces.
Ante la mirada desconcer­tada de los padres, hermana y tía de Fernando Cuevas Castro (alias Wilson), los contendientes se disputaban a viva voz y sin disimulos el traslado y el destino de la familia. Uno lo quería en el estudio de su radio, el otro en el despacho de la Vicego­bernación. Ganó el de más poder y también el que tenía el vehículo más cerca. En la puerta de los tribunales una camioneta blanca de doble cabina lo esperaba en mar­cha para llevar a los Cuevas Castro hasta el palacio de la calle Salta. El movilero ra­dial, que hizo de la cobertura periodística una militancia, también se trepó al móvil y persiguió -literalmente- la noticia.
El funcionario tuvo su foto, grande y linda. Horas más tarde el periodista radial tuvo a sus entrevistados al aire. Ayer, el Gobierno salió a enumerar -por si hacía fal­ta- toda la asistencia que le brindaron a la familia, desde el hotel Confianza hasta la ambulancia y el trámite en el Consulado.
Mientras tanto Fernando, cobijado en el mejor lugar que le pudo haber deparado el destino, en el hospital Vi­dal, se despedía de Wilson ese personaje ficticio que lo aferró a la vida.
Si no hay contratiempos, hoy partirá a su hogar, Du­razno (Uruguay). Fernando Cuevas Castro, “Nando”, se lleva lo mejor de Corrientes y, lamentablemente, también lo peor. Ojalá que prevalezca lo primero, fue lo que lo salvó de la anonimia. (L.A.S) s