Selfies: donde yo soy más intenso

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Imagen. A través de las autofotos, todos se exhiben por igual en las redes sociales: son el obsesivo texto implícito que señala el sitio del presente.

Cada noviembre, los editores del Oxford Dictionary eligen la palabra del año. La del bienio 2013 2014 –una palabra que todavía no está incluida en la edición impresa del diccionario, pero integra la versión online– es el sustantivo selfie. Fue elegida porque –tal como lo muestra el sofisticado software que utilizan para monitorear la web y recolectar términos en inglés usados en páginas de todo el planeta– sólo en el último año, incrementó su uso en un 17.000 por ciento. Sin embargo, la elección no depende únicamente de una cuestión cuantitativa; se elige una palabra que, según el criterio de los editores, da cuenta de un fenómeno cultural significativo para la contemporaneidad. De hecho, entre las competidoras para el título estaba también el verbo binge-watch , que significa ver de un tirón varios episodios de una serie, una suerte de atracón televisivo sólo posible en la época del DVD o del streaming digital. Tal como lo indica su definición, la selfie es “una fotografía que alguien toma de sí mismo, en general con un smartphone o una webcam y que luego sube a las redes sociales”; el diccionario acota que el término pertenece al lenguaje informal y que su origen se remonta a comienzos del siglo XXI. Se trata de un término que exuda contemporaneidad: no sólo por las tecnologías que involucra sino por los cambios que esas tecnologías producen en la gente, en sus formas de interaccionar con los otros, de pensarse a sí mismos, etcétera.

Un poco después de que el término se eligiera como palabra del año, en diciembre de 2013, la toma de una selfie se volvió el centro de una escena muy comentada. Durante los funerales de Nelson Mandela, Barack Obama tomó –con su teléfono– varias imágenes de sí mismo junto a la primera ministra danesa HelleThorning Schmidt y su par británico, David Cameron. La selfie nunca se vio pero la prensa gráfica, los foros y las redes sociales se inundaron de las muchas fotografías en las que se ve a los tres mandatarios amontonados para salir en la foto, alejando y acercando el teléfono, comentando y riendo ante la divertida situación. Michelle Obama permanece al costado, malhumorada ante la actitud cuasi adolescente del trío. Un minuto más tarde, como también lo atestiguan las imágenes, cambia de asiento con el presidente de EE.UU. para quedar sentada ahora entre Obama y la primera ministra Thorning Schmidt. No se sabe si la primera dama los llamó al recato porque así lo requería el funeral o si le produjo celos que su marido estuviera jugueteando con la danesa rubia. Lo cierto es que hay algo fuera de lugar en esa escena.

La selfie misma importa poco. El acontecimiento no es la imagen, sino el acto de tomarla, que tiene algo de picardía adolescente, como si más que un autorretrato fuera el autorregistro visual con el que los jóvenes capturan sus travesuras, pequeñas transgresiones y excesos. Las selfies son imágenes bastante desabridas. No proponen un nuevo modo de mirar ni muestran nada particularmente interesante. Su atractivo no es formal ni temático, sino que reside en la toma misma. Puede leerse como el último eslabón de la historia del autorretrato fotográfico porque son fotos que nos tomamos para registrar la ropa que usamos en tal momento, la cara que pusimos junto a tales amigos en tal evento social más o menos público o privado. Pero como imágenes, se alejan del autorretrato y de la representación del Yo para acercarse más a otro tipo de fotografías como, por ejemplo, la foto turística. Nadie toma una foto para visualizar la torre Eiffel o el Coliseo; nadie toma una de esas fotos para fotografiar lo que se fotografía sino para certificar que uno estuvo ahí. La foto rubrica el pasaje con nuestra presencia, casi como si firmáramos una postal pero usando nuestro propio cuerpo como rúbrica. Justamente por este rasgo “documental” y por esta equivalencia entre el cuerpo y la firma, la selfie ha empezado a reemplazar al autógrafo. Por eso muchas figuras públicas dejaron de regalar su firma para dar, en cambio, su imagen y posar junto al admirador en una selfie. Lo que vale de la foto no es lo que se ve –ni el paisaje, ni el fotógrafo, ni el famoso, y su admirador– sino el hecho de haber estado ahí y tomado la imagen: tal es así que si bien podemos pedir un autógrafo para otro y llevarnos la firma en un papel dedicada a un amigo, no podríamos mandar la cámara con un alguien para que tome las cataratas o se saque una foto con nuestro deportista favorito. Lo que vale es el haber estado ahí y el haber tomado la foto para probar o recordar ese hecho. Hay que agregar que en ambos casos la imagen ocupa ciertas funciones vinculadas a la verdad que desempeña mucho mejor que la palabra o la rúbrica: se puede decir que se viajó a París pero más creíble es mostrar una foto de ese viaje, podemos decir que nos cruzamos con tal actriz en un restaurante e incluso mostrar una firma (que incluso puede ser falsa) pero nada más creíble que una imagen con esa persona.

Todas las características de la imagen (su carácter casual, como de toma de entrecasa, los precisos 45 cm que separan la cámara, según lo permita el largo del brazo, el leve temblor del pulso y, en la mayoría de los casos, la iluminación dura del flash) subrayan esa impronta documental del acá y ahora de la toma. Es una imagen en la que lo fotografiado retrocede en importancia para ceder protagonismo a la toma misma. La selfie es una imagen que se toma para decir “yo estoy acá ahora, yo conocí a esta persona, tengo esta imagen para probarlo y lo comparto con ustedes” en las redes sociales. La foto de viaje surge del desarrollo de la industria turística pero también de la producción de económicas cámaras portátiles de formato pequeño –como la Kodak Instamatic– durante los 60, lo que permite no sólo que todo el mundo tome fotos sino que además todos lleven la cámara a donde van. La selfie también empieza a definirse como un género visual ligado a desarrollos tecnológicos: la telefonía celular y las redes sociales. Los celulares incorporan la cámara y la pantalla táctil a fines de los 90, dos desarrollos cruciales para la toma de estas imágenes, pero es a fines de la primera década de este siglo que estos teléfonos se vuelven masivos. La cámara frontal colabora con la práctica del autorretrato y permite controlar mejor la foto, pero antes de ella, los autorretratos recurrían al espejo. En este sentido, el teléfono con cámara frontal y pantalla táctil puede considerarse como un desarrollo más en la historia de las cámaras fotográficas portátiles. Lo que interrumpe esta historia fotográfica (o lo que marca cierto giro en la historia de lo fotográfico) es la posibilidad de usar el teléfono para tomar la foto y luego colgarla online. Aquí se define con firmeza la selfie.

La selfie es LA imagen de la época, la foto actual por excelencia. No sólo por su impronta testimonial o documental ni por estar hecha para ser compartida. En los 70 y 80, al volver de un viaje también se mostraban las fotos proyectadas en diapositivas contra la pared del living; también se comentaba el álbum en el que se habían pegado las imágenes copiadas, según la costumbre de la época, dejando un pequeño marco blanco, sobre un papel no muy brillante y en un formato más cuadrado que el de décadas siguientes. (Es justamente este formato el que evoca Instagram, una de las aplicaciones más usadas para tomar y compartir imágenes. Y el hecho de que sus fundadores, Systrom y Krieger, hayan nacido en los 80 cuando este tipo de fotos y prácticas empezaban a desaparecer confirma que lo retro no es un intento de volver a la infancia sino de darle a la novedad tecnológica un prestigio o una elegancia de la que carece lo absolutamente nuevo). Una diferencia crucial entre un siglo y otro, entre una práctica y otra, entre esas fotos y estas tiene que ver con la coincidencia temporal entre la imagen y la experiencia. Como si ya no se registrara la experiencia en una imagen sino que la experiencia misma fuera el registro visual. Cuando la conductora de la última entrega de los Oscar de este año, Ellen DeGeneres, le pone su firma a la ceremonia cuando invita a varias estrellas a sacarse una selfie. La imagen se vuelve el acontecimiento de la ceremonia y cumple con lo que la misma DeGeneres anticipa: ser la foto más retuiteada hasta el momento. Y así ocurrió: alcanzó los 1.7 millones de tuits en una hora e hizo colapsar al sitio. En la imagen están Jennifer Lawrence, Julia Roberts y Brad Pitt, Meryl Streep, Kevin Spacey y Angelina Jolie que se suman como chicos a la foto o asoman la cabeza como fans o colados. En la imagen hay, como en la de Obama, algo desubicado. Tiene ese aire de inmadurez o picardía juvenilista, con su calculada e inofensiva ruptura de supuestos protocolos y normas de conducta.

El siglo XX es un siglo insaciable de visualidad; la pasión por el archivo, la compulsión por registrar y fotografiar todo es también muy siglo XX. Una peculiaridad más contemporánea es el afán por hacer coincidir ese archivo con el acontecimiento: el intento de tener una experiencia mientras se toma la foto, al mismo tiempo que se la comparte con los demás y a la vez que se intercambian comentarios, gustos y opiniones sobre la experiencia/imagen. Podríamos arriesgar que esta coetaneidad y fusión entre lo que se está viviendo, disfrutando, experimentando, el registro y su exhibición es la marca distintiva de nuestro presente. Y la selfie, su imagen más precisa.

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