Viaje por la huella de la crueldad humana

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Viaje-huella-crueldad-humana_CLAIMA20140524_0007_4Memoria. Crónica antológica de un viaje de 2007, en el que un equipo argentino relevó la dolorosa herencia Del genocidio ruandés. Hoy “cien días de duelo nacional” recuerdan la masacre, veinte años después.

POR SUSANA REINOSO

Viaje por la huella de la crueldad humana Viaje por la huella de la crueldad humana Imágenes de preproducción de “Los 100 días que NO conmovieron al mundo”, de Vanessa Ragone Imágenes de preproducción de “Los 100 días que NO conmovieron al mundo”, de Vanessa Ragone Imágenes de preproducción de “Los 100 días que NO conmovieron al mundo”, de Vanessa Ragone
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Viaje por la huella de la crueldad humana
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Desde Gisenyi, a orillas del bellísimo lago Kivu, en la frontera oeste de Ruanda, se ve la República Democrática del Congo. Una calle la separa de la congoleña ciudad de Goma. “Hasta acá llega la protección de Naciones Unidas”, nos dijo el rubio fortachón británico, jefe de seguridad del Tribunal Penal Internacional de Ruanda, situado en Arusha, Tanzania.

En 2007 tres jueces de este Tribunal viajaron a Ruanda, a realizar inspecciones en plantaciones y sitios donde habían ocurrido las matanzas. Eramos un equipo de ocho argentinos, liderados por la realizadora Vanessa Ragone, que con la producción de Víctor Ramos y el Instituto de Cine, viajó a Kenya, Tanzania y Ruanda a reconstruir el derrotero de la jueza argentina que la ONU eligió para integrar ese Tribunal y buscar las huellas de un genocidio que perduraba en las miradas inolvidables de los sobrevivientes.

Cruzar a Goma era arriesgarse a perder la vida. Porque una calle más allá vivían refugiados hutus, que 14 años antes habían huido en masa hacia el ex Zaire, luego de que acabó el genocidio de casi un millón de tutsis y hutus moderados. No los mataron los machetes que ellos habían blandido contra sus compatriotas en 1994, pero el cólera diezmó a los dos millones de hutus que huyeron hacia Goma. Catorce años después, en el camino de Kigali -capital de Ruanda- a Gisenyi, tres cosas nos sobrecogieron: un vasto campamento de refugiados de la Cruz Roja del lado ruandés; los niños casi desnudos buscando raíces para comer y una gachacha juzgando a hutus. Las gachachas son tribunales populares, presididos en las aldeas por los más ancianos. Los acusados se diferenciaban por su uniforme color rosa: juzgaban delitos pero carecían de injerencia para abordar los crímenes de lesa humanidad y genocidio.

Los hutus, la etnia mayoritaria que en 1994 tenía el poder en Ruanda, moldearon milicias civiles, la temible Interahamwe , quienes con machetes y armas, y la violación entre sus procedimientos genocidas, perpetraron la masacre de un grupo humano al que en las radios del país se llamaba “cucarachas” y “serpientes”.

A pesar de lo visto en esos días de trasiego por las aldeas ruandesas, no conseguíamos ser conscientes del peligro que aún persistía en 2007 en el bellísimo país de las mil colinas. ¿Se puede explicar racionalmente un genocidio? Sí, aunque es casi imposible comprenderlo. Y aun con decenas de testimonios recogidos para el documental “Los 100 días que NO conmovieron al mundo”, dejamos Africa con la misma espina que a André Malraux se le quedó clavada en “La condición humana”: “Busco la región crucial del alma donde el mal absoluto se opone a la fraternidad”.

Cuando Alemania perdió la Primera Guerra, los belgas entraron como colonizadores a Ruanda. Para facilitar sus planes, trasladaron al pequeño país africano, del tamaño de la provincia de Tucumán pero con una población de diez millones de personas, la polarización que tenían en su propia nación. No había flamencos y valones. Pero hubo hutus, tutsis y twas. Incluso imprimieron el dato en sus documentos. Como si en la Argentina además de “argentino”, en la nacionalidad se aclarara “de origen libanés”.

Los tutsis eran franca minoría (9% contra un 90% de hutus) pero más instruidos y colaboradores con el colonizador. Un rey tutsi gobernó hasta la primera revuelta, en 1959. Con los procesos de independencia extendidos a toda Africa en los 60, Ruanda también adquirió gobierno propio tras derrocar al monarca, para lo cual contó con la simpatía francesa. En 1959 y en 1973 hubo matanzas de tutsis en Ruanda.

Pero no fue hasta 1994 que un hecho político decisivo, nunca del todo zanjado, desató el genocidio que venía mostrando señales desde los 80. El avión del presidente hutu Juvenal Habyarimana explotó en un atentado. Viajaba con el presidente de Burundi (que junto con Uganda acogió a la diáspora tutsi de matanzas anteriores) tras firmar un acuerdo de paz con el Frente Patriótico Ruandés (FPR), liderado por Paul Kagame. Desde 2000, Kagame es el presidente tutsi de Ruanda; gobierna con mano de hierro y un Congreso con mayoría femenina. Fue la intervención del FPR, con el guiño de la comunidad internacional que había permanecido paralizada ante el genocidio, el que detuvo la masacre. En 2009 el presidente Kagame figuró en la revista Time compartiendo la nómina de “100 personalidades más influyentes del año”, “por haber contribuido al fin del genocidio de 1994 y por atraer inversores a la región, tras incluir al ex primer ministro británico Tony Blair entre sus asesores económicos”. Hoy pesan sobre él fuertes denuncias por haber ordenado la muerte de opositores en el exilio; de todos modos, Kagame planea presentarse para un tercer período.

Volvamos a la noche del 6 de abril de 1994: muerto Habyarimana, empezaron a circular listas “negras” de tutsis prominentes. La intención inicial fue eliminar a los más representativos para exterminar de inmediato a los “tutsis” de a pie. Líderes sociales y religiosos, periodistas, artistas hutus se vieron involucrados como perpetradores de la masacre, arrastrados por un discurso oficial que día y noche, por la radio “adoctrinaron” incluso a los hutus más educados sobre la supuesta colaboración que los tutsis ruandeses prestaban al FPR para tomar el poder. Por todo el país se extendieron las llamas del odio y el resentimiento. Los sobrevivientes tutsis (incluso los hutus) que hablaron para el documental argentino no se quitaban de la memoria las imágenes de los cadáveres que sembraban las plantaciones, incluso el lago Kivu. Casas, escuelas e iglesias ardieron con tutsis aterrados adentro. El infierno descendió en Ruanda.

Una visita a los memoriales de Kigali y Nyamata destroza el corazón, por habituado que esté uno al horror de las masacres. Cuando de la mano de Kagame, como vicepresidente del primer gobierno tutsi tras el genocidio, las organizaciones de derechos humanos regresaron a Ruanda, prevaleció la idea de preservar los lugares donde los pobladores fueron masacrados como sitios de memoria. Por eso provoca tal desasosiego entrar a la pequeña iglesia de Nyamata y observar los restos de quienes murieron calcinados en un ataque de la Interahamwe . Hay, en esa parroquia de muros de barro y unos pocos bancos de madera con una cruz, un cuarto bajo llave, que una guía del horror nos abre: una montaña de ropa quemada se conserva tal y como las llevaban las personas calcinadas. La imagen nos sumergió en la vergüenza de ser parte de una especie capaz de tanta crueldad. Hoy aún podría reconocer el olor de esa montaña de ropa quemada.