Wilson y el vacío después de su partida

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Ingresar a la sala de hombres en clínica médica del Hospital Vidal no es lo mismo que haberlo hecho hace unos meses atrás. Si bien el ritmo vertiginoso de la atención a los pacientes sigue siendo el mismo; para las enfermeras y el equipo médico; falta algo.

Ya no hay música, ni cantos, tampoco a quien traerle golosinas –que eran sus favoritas-, o con quien acortar las largas horas de la noche. Desde la partida de Wilson –el paciente que atendieron durante tres años sin saber quién era ni de donde era-;  los profesionales de esta área sienten su ausencia.

Pese a su partida –regresó a Durazno (Uruguay) con su familia-; Wilson o Fernando Cuevas –su verdadero nombre-; sigue siendo parte del servicio médico. Varias fotos colgadas en la pared del sector de enfermería acompañan diariamente a este equipo que incluso, comparten anécdotas que vivieron junto él con los pacientes que tienen ganas de conocer un poco más sobre esta mágica historia.

“Este es el legado de Wilson” se escuchó decir con un dejo de añoranza a una de las enfermeras. Hacía referencia a las sábanas zurcidas dado que “cuando menos nos dábamos cuenta nos mordía las sábanas”, agregó con una amplia sonrisa como si lo estuviera viendo.

Wilson se convirtió en los tres años que estuvo internado en el Hospital Vidal en el hermano, el hijo o el sobrino de los integrantes de enfermería. Nunca fue solo un paciente. Incluso cuando ingresó al nosocomio-el peor momento porque estaba muy complicado de salud y no tenían idea de quién era-, fue atendido con especial consideración.

 El día que sus padres pudieron dar con él y lo regresaron a su hogar la recuperación de Wilson había sido más que importante lo que demuestra la dedicación de estas personas que; día tras día se hacían un tiempo para alimentarlo, higienizarlo e incluso darle paseos por el hospital para que su estadía no fuera tan pesada.

“Unp se da cuenta de la atención que tienen los pacientes por el estado de sus cuerpos. Wilson estuvo tres años en una cama de hospital y no tuvo jamás una escara. Eso solo habla del trabajo y la entrega del equipo de enfermeros”, dijo a La Correntina el jefe médico del servicio de Clínica, el doctor Damián Pomares.

“Cuando Wilson se fue teníamos una doble sensación. La felicidad de que iba a estar en su entorno familiar pero también nos quedaba la tristeza de no tenerlo más con nosotros. Fue muy duro regresar al otro día y que no esté”, dijo la jefa del servicio de enfermería de Clínica Médica, Zulma Cristina Villón. Quien por otro lado comentó que más que un libro era una biblioteca abierta. “El problema era que nos costaba mucho descifrar todo lo que tenía para contarnos. De a poco y con mucha paciencia fuimos comprendiendo a este hermoso ser humano que nos acompañó durante tres años”, dijo.

Mucha paciencia fue lo que necesitaron los enfermeros para poder llegar al joven que ingresó prácticamente muerto al Hospital Vidal. “Sino le hablabas despacio y con mucha tranquilidad se asustaba y comenzaba a gritar. Sobre todo sino te conocía. Es como si tuviera miedo. Había que tratarlo con mucha paciencia porque de lo contrario enseguida se ponía a gritar”, explicaron.

Es más, también gritaba si su compañero de cuarto no era de su agrado. Los enfermeros se daban cuenta enseguida si esto sucedía porque sus gritos se hacían sentir por toda la sala. Si su nuevo compañero era de su agrado, se quedaba tranquilo y no hacía un solo problema. Pero; todo esto fueron descubriendo con el tiempo.

“Al principio no entendíamos porqué gritaba. Qué era lo que le pasaba. Hasta que entendimos que no le gustaban sus compañeros de cuarto y justamente por eso durante mucho tiempo estuvo solito en una pieza. Había oportunidades que no teníamos espacio pero no le podíamos poner un compañero porque a través de sus gritos, él nos hacía saber que no estaba a gusto”, dijeron los enfermeros que dialogaron con La Correntina y que, confesaron, desde un principio se sintieron cautivados por la mirada transparente y amigable del joven y desconocido paciente.

De esta misma manera fueron descubriendo –con el paso de los meses y los años-, que cosas le gustaban y que no. Lo que sin dudas lo tranquilizaba era la música. “Le gustaba todo tipo de música y se tranquilizaba mucho cuando la escuchaba. Pero, la primera canción que cantó fue Manuelita”, recordó Lourdes Sosa quien incluso comentó que mientras ella le cantaba, él completaba las frases. Fue ella también quien le preguntó si le gustaba bailar y le dijo que sí. “A vos te gusta vagar le dije un día y él me contestó vago, vago, vago”, recordó Lourdes con una amplia sonrisa.

Para Eva Vega por ejemplo, Wilson fue el hijo varón que no tuvo. Ella tomó bajo su mando la responsabilidad de proveerlo de artículos de limpieza, perfumes y todo lo que el joven necesitara. “Incluso le regaló una radio que después se la robaron”, recordaron con tristeza los enfermeros del área.

Lo cierto es que, para cada uno de ellos en el hospital hay un antes y un después de Wilson. Cada uno ingresaba a su turno con una golosina para el joven paciente. “Adoraba comer. Vivía comiendo dulces no sé cómo era tan flaco pero siempre tenía una galletita, caramelos o cualquier dulce que estaba comiendo”, dijeron.

Fue el compañero de paseos –los que se daban sobre todo a la tarde o a la noche porque le costaba dormir-, o en las fechas especiales como por ejemplo Navidad y Año Nuevo o los cumpleaños. “Como no sabíamos que día que había nacido decidimos festejar su cumpleaños el día que ingresó al servicio”, explicaron. E incluso, cuando las noches estaban tranquilas –sobre todo en verano-, lo trasladaban a la sala de enfermería y pasaba horas con ellos. “La verdad que fueron muchos momentos, muchas situaciones vividas como para poder olvidarlo. Fue el paciente que más tiempo estuvo con nosotros y por ende, con el que más nos encariñamos porque él dependía enteramente de nosotros”, dijeron.

Siempre había uno de ellos destinado para alimentarlo o higienizarlo. No importaba cuán ocupados estaban; nunca lo descuidaban. “El primer día después de su partida más de uno ingresó a la sala diciendo Hola Wilson. A muchos nos sigue pasando que aún lo queremos llamar”, confiesan los profesionales a La Correntina.

Hoy siguen su evolución vía las redes sociales. Tanto los enfermeros como los médicos están en continuo contacto con la hermana de Fernando Cuevas a quien incluso, cuando está alterado o tiene algún inconveniente le recomiendan que hacer. “Más de una vez le decimos que le pongan tal o cual tema porque nosotros conocemos esos estados de alteración que tiene y con qué se lo puede calmar”, comentaron.

Hoy, Wilson o Fernando Cuevas ya no es parte del servicio de Clínica del Hospital Vidal. A menos no físicamente porque en cada uno de los profesionales que lo tuvo a su cargo le dejó una pequeña marca en su corazón. Huella que quedará guardada en cada uno de ellos porque entregaron lo mejor de sí no sólo para recuperarlo físicamente sino para regresarlo a su entorno familiar. Una experiencia que nos lleva a aplaudir de pie el trabajo de estos hombres y mujeres que tuvieron la noble tarea de cuidar a un desconocido y transformarlo parte de sus vidas.

 

 

 

El equipo de enfermeros que atendió a Wilson (Fernando Cuevas)

Cristina Villón

Antonio Giménez

Lourdes Sosa

Silvia Morales

Soledad Salcedo

Natalia Montenegro

Marcela Barusso

Alicia Balmaceda

Nancy Quintana

“Curita” Giménez

Cristina Medina

Ana Gallardo

Eva Vega (La mamá)

Miguel Alegre

Elba Quintana

Lorena Paez

Sandra Miranda

Laura Fernández

Miguel Godoy

Emilce Gauna

Noelia Gómez

Por su parte, Gustavo Sosa, Jaqueline Ramírez y Graciela Fernández fueron los que recibieron a Wilson y un año antes de su partida fueron trasladados pero dos de ellos, se acercó a despedirse el día de la partida hacia su Uruguay natal.