La visita en Virgen del Rosario reaviva el debate sobre asistencialismo, cercanía y el vínculo desigual entre poder y vecinos.
Un grupo de jóvenes jugaba al fútbol en una canchita del barrio Virgen del Rosario cuando la escena cotidiana se interrumpió: la camioneta oficial del gobernador Gildo Insfrán se detuvo y, esta vez, no hubo solo saludo desde la ventanilla. El mandatario descendió, se acercó y compartió unos minutos con los chicos.
El gesto, poco habitual en sus recorridas, rápidamente se convirtió en una postal difundida: contacto directo, sonrisas y una pelota como obsequio. Sin embargo, la imagen también expone un contraste difícil de disimular: el despliegue de un vehículo de alto valor frente a un barrio donde las carencias estructurales siguen siendo parte del paisaje cotidiano.
La pelota entregada —señalada por vecinos como de calidad dudosa— terminó funcionando más como símbolo que como solución. En un contexto donde faltan mejoras de fondo, el gesto abre interrogantes sobre el alcance real de estas apariciones y su impacto en la vida diaria de quienes viven allí.
«Muchas gracias, Gildo», se escuchó entre los presentes. La frase, repetida con naturalidad, y el ya instalado apodo de «Tío Gildo» vuelven a poner en discusión el tipo de vínculo que se construye entre el poder político y la comunidad: cercanía genuina o una relación marcada por la dependencia y el acostumbramiento.
Con más de tres décadas al frente de la provincia, estas escenas refuerzan una lógica donde los gestos individuales ocupan el centro de la escena, mientras las demandas estructurales de los barrios siguen esperando respuestas de mayor profundidad./ElComercial



