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lunes 26, octubre 2026.
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Boca, al rojo vivo: gol agónico, victoria clásica y va por todo

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Con un gol del pibe Herrera al final, el Xeneize le ganó a Independiente y sigue arriba en la tabla anual. Ahora, el superclásico.

Boca está endiablado. Se sobrepone a todo. Transita un momento en el que todas las apuestas le salen bien. Compra liras turcas y su valor explota. Invierte en bienes raíces y el mercado inmobiliario crece a tasas chinas. Planifica un fin de semana en la Base Marambio y hay sol con 30 grados de temperatura. El equipo del Vasco Arruabarrena tuvo varios lapsos del partido ante Independiente en los que no la pasó bien, pero en la agonía del encuentro, cuando el sol ya se había escondido detrás de la platea Erico, Jagger Herrera capturó un centro de Villa, enmudeció a los 45.000 hinchas del Rojo que colmaron la cancha y devolvió al Xeneize a la cima de la tabla anual.

Ni el desgaste físico por la acumulación de partidos, ni la ausencia de Blanco, ni la incomodidad con la que jugó en Avellaneda, ni el marco imponente de un estadio colmado pudieron frenar a un Boca que gana incluso cuando no tiene sus mejores producciones. Un equipo que venía de consumar un Maracanazo ante Vasco da Gama en Río de Janeiro, para llegar a la final de la Copa Sudamericana, y que también da batalla con firmeza en el Clausura y la Copa Argentina.

Fue un examen muy duro para el Xeneize. Y lo sacó adelante. Los retos, los reclamos, las permanentes indicaciones con gestos ampulosos que Leandro Paredes les hizo a sus compañeros fueron el reflejo más fiel de lo incómodo que jugó Boca en Avellaneda. Independiente le impidió al equipo de Arruabarrena explotar su potente arsenal ofensivo durante casi todo el partido. Lo presionó en la salida, en la zona de gestación y, con mucho ímpetu, logró equilibrar la diferencia de recursos que existe entre dos equipos que transitan presentes diametralmente opuestos. Los marcados contrastes por la actualidad de ambos equipos no se vieron plasmados en un desarrollo que, hasta el final, no tuvo dueño.

El plan de Viera, quien en la previa sorprendió al sacar al subcapitán, Rey, para apostar por el arquero uruguayo Mele, fue atorar al Xeneize para impedirle tener la pelota y cortar sus circuitos de juego. Con Paredes y Velasco fastidiosos, la pelota le llegó poco a Merentiel en la primera etapa. En el segundo tiempo, Independiente comenzó a envalentonarse y se soltó un poco más. Apostó por la velocidad de Palais y Montiel, quien estuvo errático en la resolución. Y la pelota empezó a llegarle con más claridad al Chimy Ávila. Pero desde la partida de Ávalos el Rojo no tiene un centrodelantero natural y lo padece.

A medida que Independiente se animó a más, con Marcone como su motor y Meza como su principal generador de juego, Arruabarrena advirtió que el local comenzó a dejar espacios. Por eso mandó a la cancha a Villa y Valencia para tratar de aprovechar esos huecos. El Rojo tuvo situaciones y llegó con asiduidad, pero no resolvió bien en los metros finales. En el fútbol, perdonar es un pecado capital que suele pagarse muy caro. Y más ante adversarios con la jerarquía que tiene Boca.

El Xeneize perdió por momentos el medio, jugó fastidioso, no logró hacer imponer su juego. Pero está en un momento en el que tira una moneda al aire y le sale para su lado. Independiente, en cambio, es la contracara: lleva seis partidos sin ganar en condición de local, con dos empates y cuatro derrotas, algunas de ellas muy dolorosas.

Esta vez, el público no reprobó tanto a sus futbolistas porque notó entrega. Pero con eso no le alcanza al Rojo. Al Xeneize, que está dulce, le salen todas. En Avellaneda, Jagger puso la música: sonó Simpatía por el Diablo. Pero el Diablo no bailó: el paso del final lo tiró Boca./Ole