Frutas tropicales con sello propio: el chef y productor formoseño que combina la gastronomía con una chacra modelo

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En el corazón productivo del noreste formoseño, Nelson Beterette encontró la manera de unir sus dos pasiones: la gastronomía y la agricultura. Lo que comenzó como un pequeño lote de 2 hectáreas cedido por sus suegros en Laguna Naineck, hoy se ha convertido en una experiencia agroproductiva ejemplar. Con una visión audaz, adaptó variedades tropicales poco conocidas en la región como la papaya Passion Red, Intenzza Yuwe y Maradol, además de cultivos tradicionales como mango, palta, banana, guayaba, sandía, yaca y lichis, demostrando que el suelo formoseño tiene un enorme potencial para la diversificación productiva.

Con formación en cocina profesional y una fuerte raíz en lo agropecuario, Beterette supo agregar valor a sus cultivos más allá del campo. No sólo provee frutas frescas al Mercado Central y ferias locales, sino que en su sala de elaboración contigua al restorán familiar «Cupido», produce mermeladas, dulces, pulpas y licores con identidad regional. Todo bajo su marca propia y con el aval de calidad de la Universidad Nacional de Formosa. Esta apuesta por el procesamiento local apunta no sólo a aumentar los ingresos, sino también a extender la vida útil de los productos y acercar sabores nuevos a consumidores de todo el país.

La experiencia del productor-chef va más allá de lo individual. Con el apoyo del Estado provincial en la logística, ha recorrido distintos puntos de Formosa promoviendo el consumo de frutas tropicales y sus beneficios nutricionales. «No queremos que nos regalen nada, pero necesitamos acceso a créditos para montar una industria que genere trabajo genuino«, reclama Beterette, quien hoy proyecta inversiones en maquinaria de frío y conservación para escalar su producción. Las cifras actuales hablan por sí solas: más de 18 toneladas cosechadas de mamón y banana en este ciclo, y una demanda creciente desde el sur del país que valida su iniciativa.

En una provincia con enormes ventajas climáticas y edáficas, pero históricamente relegada del desarrollo agroindustrial, este emprendimiento familiar demuestra que es posible combinar tradición y tecnología para producir con identidad y sustentabilidad. Los aportes de sus suegros, con 60 años de trabajo en la chacra, se conjugan con la mirada innovadora de Nelson, que ya piensa en cultivos orgánicos, en maquinaria de conservación sin pérdida de nutrientes y en empleo rural de calidad.

Este proyecto, nacido del cruce entre el amor, la cocina y la tierra, muestra con claridad que Formosa no solo puede producir frutas tropicales de excelencia, sino que puede también industrializarlas en origen y generar riqueza genuina. En tiempos de crisis, iniciativas como la de Nelson Beterette ponen en evidencia el enorme potencial del interior profundo cuando se lo acompaña con herramientas adecuadas y políticas que apuesten al desarrollo regional. (Con información de bichosdecampo.com)