En un acto de firma de un Convenio de Cooperación entre las provincias de Formosa y Buenos Aires, el gobernador Axel Kicillof describió a Formosa como una provincia “moderna y pujante”, atribuyendo su aparente transformación a la gestión de Gildo Insfrán durante más de tres décadas. Sin embargo, esta visión optimista choca frontalmente con la realidad palpable de una provincia que carece de los elementos esenciales para el desarrollo: puertos, ferrocarriles, industrias, una producción agropecuaria sólida y ofertas turísticas atractivas.
Mientras Kicillof elogia el progreso de Formosa, los ciudadanos enfrentan una cotidianidad marcada por la falta de infraestructura y oportunidades. La carencia de un sistema de transporte eficiente obstaculiza el comercio y dificulta el acceso a mercados, lo que se traduce en un estancamiento de la producción local. Por otro lado, la ausencia de inversión en industrias y turismo limita las posibilidades de empleo y crecimiento económico, dejando a la provincia en un estado de dependencia y desolación.
Las palabras del gobernador bonaerense, aunque exudan optimismo, no reflejan la realidad sufrida por muchos formoseños que aún luchan por salir de la pobreza y la marginación. El desafío que enfrenta la provincia es real y urgente, y las promesas de transformación deben ir acompañadas de acciones concretas que vayan más allá del discurso político.
Mientras el gobierno provincial se aferra a una narrativa de éxito, la población sigue anhelando el desarrollo que verdaderamente transforme sus vidas.



