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LAGUNA NAINECK. Historias del Centenario: Don Porfirio Rossi Valinotti, un hombre que hizo de estas tierras su destino

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Hay hombres que llegan a un lugar y simplemente pasan por él. Y hay otros que, con el transcurrir de los años, terminan confundiendo su propia historia con la historia del pueblo que los recibió. Don Porfirio Octavio Rossi Valinotti fue uno de ellos. Nacido el 3 de marzo de 1909 en Santísima Trinidad, República del Paraguay, llegó siendo joven a estas tierras y aquí encontró mucho más que un lugar para vivir: encontró el escenario donde levantaría su hogar, formar una familia y desplegaría una vida de trabajo, compromiso y servicio. En el marco del centenario de Laguna Naineck, su nombre vuelve a surgir entre aquellas historias que merecen ser contadas, porque detrás de cada emprendimiento, de cada institución y de cada recuerdo familiar aparece la figura de un hombre que apostó su futuro a una tierra cuyo porvenir todavía estaba escribiéndose.

Durante la década de 1930, Don Porfirio vivió en la estancia La Angela, propiedad de su primo, don Humberto Garavano, donde se desempeñó como administrador general. Allí conoció de cerca la vida de campo en toda su dimensión: la ganadería, los cítricos, la producción apícola, las tareas de granja y la elaboración de quesos. Aquella experiencia seguramente templó su carácter y acrecentó su confianza en las posibilidades de una región que exigía esfuerzo, perseverancia y capacidad para afrontar las dificultades. En aquellos tiempos, cuando los caminos eran difíciles y las distancias parecían aún mayores, cada jornada comenzaba con la incertidumbre y terminaba con la satisfacción de haber cumplido. Fueron años en los que hombres como Porfirio aprendieron a no esperar que las oportunidades llegaran, sino a salir a buscarlas con las manos dispuestas al trabajo y la mirada puesta en el mañana.

Junto a su esposa, María Cubilla, construyó una familia y una historia que se arraigó profundamente en Laguna Naineck. Tuvieron cinco hijos y levantaron, con esfuerzo cotidiano, la reconocida Casa Rossi, un almacén de ramos generales con anexo de carnicería que se convirtió en parte de la vida de la comunidad. Pero el espíritu inquieto de Don Porfirio no se conformaba con una sola actividad: cultivó extensas chacras de algodón y desarrolló también la ganadería. En esas tareas encontró en su hijo Juan Carlos, “Tito”, a un compañero inseparable. Padre e hijo compartieron jornadas de trabajo, preocupaciones y esperanzas, en una época en que cada emprendimiento demandaba sacrificios que hoy pueden resultar difíciles de imaginar. Así fue creciendo la familia y, al mismo tiempo, creciendo alrededor de ella una comunidad que encontraba en aquellos pioneros una parte de su propia identidad.

Pero quizás sea en su vocación de servicio donde aparece con mayor nitidez la dimensión humana de Don Porfirio. No fue solamente comerciante, productor o ganadero. También fue enfermero, una tarea que desarrolló junto a Tito y a su hija del corazón, Lidu. En contacto con el Instituto Malbrán, enviaba ejemplares de ofidios y recibía a cambio sueros antiofídicos que permitieron asistir a personas víctimas de mordeduras de serpientes. En aquellos años, cuando la asistencia médica no estaba al alcance de todos y una emergencia podía convertirse rápidamente en una tragedia, sus conocimientos y su disposición para ayudar adquirían un valor incalculable. También dejó su huella en la vida institucional: fue cofundador del Club 29 de Septiembre, junto a Cándido Medina, su hijo Gilberto y otros vecinos. Participó activamente de la Federación Agraria Argentina y viajó en distintas oportunidades a Rosario, Santa Fe, llevando la voz y las inquietudes de los hombres del campo. Allí donde había una necesidad, una iniciativa o un sueño colectivo, estaba dispuesto a poner algo de sí.

Y había, además, otro Don Porfirio: el hombre de las conversaciones interminables, de las inquietudes culturales y de la palabra escrita. Poseedor de una amplia formación en la cultura universal, compartió largas tertulias con don Cosme Damián Ruiz Díaz, otro de los grandes hombres vinculados a la cultura de aquellos tiempos. Cuando las circunstancias los alejaban de la localidad, las conversaciones continuaban en cartas, como si la distancia no pudiera interrumpir ese vínculo de pensamiento y amistad. Don Porfirio también escribió poesías y dejó en ellas una sensibilidad que quizá no siempre podía advertirse detrás del hombre de campo, del comerciante o del trabajador incansable. Entre sus versos quedó una inspiración dedicada al Club 29 de Septiembre, su club del corazón, composición que su hijo Tito llevó a la música y que, con el paso de las generaciones, volvió a escucharse en la voz e interpretación de su hija Inda y de su nieto Javier. Así, su palabra sobrevivió al tiempo y regresó convertida en canción, como regresan tantas veces los recuerdos queridos.

Don Porfirio falleció el 31 de enero de 1977, debido a las complicaciones de su salud tras un accidente sufrido con un montado equino cuando se dirigía a controlar uno de sus emprendimientos. Se fue aquel hombre que había llegado desde el Paraguay en su juventud y que terminó dejando sus raíces profundamente hundidas en Laguna Naineck. Hoy, al mirar hacia atrás en este centenario, su historia adquiere una dimensión especial: representa a toda una generación que tuvo que abrir caminos donde todavía no estaban trazados, producir cuando las herramientas eran escasas, cuidar a sus vecinos cuando los recursos eran limitados y construir instituciones donde sólo existía la voluntad de unos pocos. Recordar a Don Porfirio es recordar que los pueblos no se levantan solamente con grandes obras, sino también con pequeñas acciones repetidas durante toda una vida: una mano tendida, una palabra de aliento, una jornada de trabajo, una cosecha, un comercio abierto, una canción, una institución fundada. Laguna Naineck celebra cien años y, en esa celebración, también celebra a quienes como él entendieron que echar raíces era una forma de sembrar futuro. Su legado permanece en su familia, en quienes lo conocieron y en la memoria de una comunidad que, al recuperar su historia, vuelve a descubrir cuánto de su presente fue construido con el sacrificio silencioso de aquellos hombres y mujeres que alguna vez soñaron con un mañana mejor./Oscar Insfrán – Periodista. Redactor y director de Naineck Prensa Digital.