Este 5 de octubre se cumplirán 50 años del sangriento ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29 de Formosa, una fecha que permanece grabada en la memoria colectiva de la provincia. En aquella jornada de 1975, un joven conscripto de Laguna Naineck, Humberto Antonelli, se convirtió en uno de los protagonistas de esa resistencia heroica que defendió al cuartel de la embestida montonera. Su figura, aún hoy, representa la valentía silenciosa de los soldados que, siendo apenas muchachos, se vieron obligados a enfrentar la violencia armada con el coraje de quienes defendían a la Patria.
Antonelli, hijo de agricultores humildes de Isla Puén, había iniciado su servicio militar en marzo de ese año, cumpliendo funciones en la compañía Servicios del RIM 29. Tenía apenas 21 años cuando el fuego enemigo lo alcanzó de lleno: las esquirlas de una granada lo hirió en ambas piernas mientras intentaba resguardarse junto a sus camaradas. En ese mismo momento, uno de sus compañeros, Ismael Sánchez perdió la vida. Aquel ataque dejó una marca imborrable en su cuerpo y en su memoria, pero también lo convirtió en testigo vivo de uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de Formosa.
Las crónicas históricas recuerdan que la operación montonera fue cuidadosamente planificada, con la intención de tomar simultáneamente el regimiento y el aeropuerto de “El Pucú”. En ese contexto, la voz del soldado Hermindo Luna se transformó en un símbolo de resistencia con su célebre grito: “¡Acá no se rinde nadie, mierda!”. Antonelli, desde otro sector del cuartel, vivió en carne propia el dramatismo de aquella hora de combate, siendo luego trasladado de urgencia al Hospital Central, donde permaneció internado durante casi un mes antes de regresar a su pueblo natal.
Ya recuperado, Humberto volvió a Laguna Naineck, donde formó familia y continuó con su vida, siempre llevando consigo las cicatrices físicas y emocionales de aquel enfrentamiento. Con los años, junto a otros sobrevivientes, se convirtió en un símbolo viviente de la resistencia de jóvenes conscriptos que, sin mayor preparación que la disciplina castrense, defendieron con honor el regimiento y, con ello, la soberanía de la Nación. Sin embargo, pese a la magnitud de su sacrificio, el reconocimiento oficial hacia él y a tantos otros sobrevivientes ha sido insuficiente.
En este 50º aniversario, la comunidad de Laguna Naineck tiene la oportunidad de reivindicar y honrar públicamente a Humberto Antonelli, un hijo del pueblo que entregó lo mejor de sí en defensa del país. El justo homenaje que se le debe —y que se espera también de las autoridades provinciales y nacionales— no es solo un acto de memoria, sino un deber moral hacia quienes, como él, resistieron con valentía aquel ataque artero. La historia demanda que su nombre sea recordado, y que el sacrificio de los héroes formoseños no quede en el olvido.



