Justina Reyes, histórica pequeña productora de Ceibo Trece e hija y nieta de agricultores algodoneros, bananeros y horticultores, trazó un crudo diagnóstico sobre la transformación del norte productivo de Formosa y responsabilizó al modelo impulsado por el Gobierno provincial por el derrumbe de las economías regionales. En declaraciones a Radio Parque, recordó que durante décadas el trabajo en la chacra permitió a miles de familias progresar, comprar tierras, mecanizar sus explotaciones y sostenerse con el fruto de su esfuerzo. «Antes trabajando se progresaba», resumió al evocar una provincia que supo ser una de las principales productoras de algodón, banana y hortalizas del país.
La agricultora sostuvo que el punto de quiebre llegó con la implementación del actual esquema político provincial, al que acusó de reemplazar la cultura del trabajo por un sistema asistencialista y clientelar que, según afirmó, terminó desarticulando la producción. En ese sentido, cuestionó especialmente la intervención estatal en la comercialización del algodón, al señalar que la desaparición de las desmotadoras privadas y la concentración de las compras por parte del Estado eliminaron la competencia y perjudicaron a los pequeños productores. «Desaparecieron las desmotadoras privadas, vinieron las famosas planchadas del Gobierno y nos mataron con su sistema de compra», expresó.
Reyes también criticó que las políticas productivas fueran reemplazadas por programas como el PAIPPA, al considerar que nunca pudieron generar el movimiento económico que antes producían el algodón, la banana y las hortalizas. «Cambiaron algodón, banana y hortalizas por planes. Eso no genera progreso; apenas alcanza para sobrevivir», sostuvo. Según explicó, la realidad actual de los pequeños agricultores es muy distinta a la de décadas atrás: la producción se redujo drásticamente, los mercados desaparecieron y los precios que reciben por sus cosechas resultan insuficientes para cubrir los costos y reinvertir. «Hoy prácticamente no producimos nada. Lo poco que producimos lo vendemos por monedas», lamentó.
Uno de los pasajes más emotivos de su relato estuvo dedicado a las nuevas generaciones. Con pesar, contó que varios de sus hijos debieron abandonar el campo porque ya no encontraron oportunidades para construir un futuro en la actividad agrícola. Recordó además que, durante la época de auge del algodón, la cosecha movilizaba a toda la región: docentes, policías, gendarmes y cientos de trabajadores, incluso provenientes del Paraguay, encontraban empleo temporario en las chacras formoseñas. «Venían colectivos enteros llenos de cosecheros paraguayos. Todos trabajaban. Había movimiento económico. Había esperanza», evocó.
La histórica productora sintetizó su diagnóstico con una frase que, según dijo, resume la situación de miles de campesinos: «Nos empobrecieron y destruyeron la cultura del trabajo». Para Reyes, el problema no fue únicamente económico, sino también cultural, porque se perdió la posibilidad de progresar mediante el esfuerzo y la confianza en que producir podía mejorar la calidad de vida. Su testimonio refleja la visión de una parte del sector rural que atribuye el deterioro de las economías regionales a las políticas públicas implementadas en las últimas décadas, mientras otros análisis también consideran factores como los cambios en los mercados, las condiciones climáticas y la evolución de la competitividad agrícola./(Con información de Prensa Libre Formosa)



