El final de la campaña de Sergio Massa, marcado por los nervios y los desencuentros internos

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El ministro-candidato no pudo evadir las preguntas sobre la situación económica. Cristina lo apoya pero a distancia y tiene deferencias con su jefe de campaña, Eduardo De Pedro. Preocupación en Buenos Aires.

Algún día le iba a suceder en la campaña Sergio Massa lo que le ha ocurrido en los últimos días. La imposibilidad de recoger algún alivio en la política o la gestión. Tal impedimento parece impactar en una personalidad que suele ser aplomada. Imperturbable incluso ante la afirmación fraudulenta. La tensión se acumula a raíz de una situación económica que se agrava y un recorrido repleto de trancazos en la interna de Unión por la Patria.

El líder del Frente Renovador corrobora algo que presumía los días en que se debatieron la candidaturas del oficialismo. La dificultad de asumir en simultáneo el papel de ministro de Economía y candidato. Dos de sus recientes despistes ocurrieron por la misma razón: preguntas sobre la inflación. El primer tema en la preocupación de la ciudadanía de acuerdo con todas las encuestas.

Massa reaccionó de mala forma la semana pasada cuando, en una recorrida por Córdoba, un periodista lo interrogó sobre el dólar y la inflación. “Es fácil tener un micrófono y hacerse el picante”, replicó. Ni fácil ni difícil: simplemente la tarea de un empleado de un medio de comunicación que conversaba con el ministro de Economía. Quien ocupa ese lugar del poder porque lo buscó con denuedo como trampolín para la candidatura presidencial.

El ministro de Economía buscaba corregirle la pregunta al periodista, quien afirmaba que «prometió una inflación del 3%» para abril de este año.

Otro episodio, de contorno similar, ocurrió con un periodista de Radio Mitre. Le recordó al ministro que había prometido una inflación del 3% para abril. “No prometí, no mientas”, lo interceptó al aire. Pretendió aclarar: “Dije a que aspiraba a que empiece con 3”.

Con esa refriega, en realidad, intentó ocultar un problema sobre el cual no puede hablar sin evidencias desastrosas. Repasemos los datos objetivos. En su gestión de doce meses la inflación trepó del 71% a casi el 120% interanual. El dólar blue pasó de $ 298 y orillar los $ 600. Las referencias negativas podrían no tener fin.

Hace semanas, en una visita a San Juan, el ministro-candidato se había metido en aquel terreno cenagoso al asegurar: “Voy a ser el Presidente que derrote la inflación”. Intento recuperarse, luego de aquellos traspiés, en la recorrida de las últimas horas por Santa Fe. «No hemos logrado resolver el problema de la inflación. Hay que admitirlo”, aseguró. Tarde. Fin del capítulo en campaña y, al menos, hasta después de las PASO.

La exclusión del tema de la conversación pública no declinará la incidencia que tendrá en el colectivo a la hora de votar. Sobre todo luego de la última escalada del dólar paralelo que arrastra malos presagios en materia inflacionaria para los meses venideros. Serían los que corresponden a la elección definitiva del 22 de octubre.

El INDEC postergó la difusión del índice de julio para después de las PASO. La estadística de la Ciudad lo ubicó en 7.3%. Más de un punto por encima del conocido en junio. Las consultoras privadas calculan, según el grado de volatilidad que exhibe el mercado cambiario, que el índice de agosto y septiembre no podrá escapar de un corredor de entre un 7% y 8%.

Si esos pronósticos se cumplen, el ministro-candidato debiera empezar a revisar sus vaticinios de noviembre del 2022. O quizás a felicitarse por su aproximación. Al hablar entonces en el Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICYP) sostuvo que “Vamos a ganar la elección si somos capaces de bajar la inflación”. No estaría sucediendo.

Los escollos de Massa no parecen únicamente discursivos. No existiría una planificación adecuada de la campaña acorde a sus necesidades básicas. El massismo endilga la responsabilidad a la supuesta inacción del jefe de campaña, Eduardo De Pedro. El ministro del Interior opina que el ministro-candidato resulta “tumultuoso y personalista”.

La presencia en Buenos Aires, por caso, ha resultado hasta ahora muy escasa. Pocas recorridas y un cierre que tendrá como escenario el Teatro Argentino de La Plata. Amuleto político de Cristina Fernández, cuya presencia se rumorea aunque no está garantizada. Asistirá Axel Kicillof, el gobernador que busca la reelección en Buenos Aires.

La vicepresidenta sigue sosteniendo a Massa. Prefiere sin embargo no mostrarse en exceso a su lado. La cuestión del Fondo Monetario Internacional (FMI) constituye el factor principal de inhibición. Desea no inmiscuirse en el anuncio que hizo el ministro sobre un desembolso de US$ 7.900 millones para después de las PASO. Teme que haya algún gato encerrado. Sus apariciones virtuales son siempre para cuestionar al organismo financiero. Mauricio Macri atribuyó la vigencia del cepo a una política nefasta del FMI. “Si vos lo trajiste, papi”, contestó la vicepresidenta en tono coloquial.

Kicillof también se apareó poco al ministro-candidato. Posee una dificultad objetiva: la irrupción de Massa como candidato presidencial no modificó hacia arriba el ánimo de los bonaerenses. El gobernador continúa mejor en las mediciones que el líder renovador.

Empieza a difundirse un fenómeno que preocupa al presidenciable. Son varios los intendentes que reparten las boletas entre los vecinos con sus nombres enganchados de otros postulantes a presidente (incluso opositores) aunque respetando, ampliamente, la postulación de Kicillof.

Massa se encontró además con otra sorpresa inesperada e ingrata. El lunes se celebró San Cayetano. Con un desfile de gente que pidió por las necesidades básicas. Paz, pan, trabajo, salud. Los viejos memoriosos de la Iglesia en Liniers aseguran que hubo menos feligreses que otros años. Con rostros de mayor apatía y decepción. Común a cualquier fotografía de la sociedad.

El problema para el ministro-candidato radicó en la homilía que pronunció el nuevo Arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva. Designado hace poco por el Papa Francisco. El sacerdote habló de la “maldita inflación” que destruye cualquier ingreso y deja a los bolsillos indefensos. Su palabra tendría una potencia y un valor superadores de cualquier crítica de Juntos por el Cambio. Resonó en la última semana previa a las PASO.

Aquella crítica conllevó un desaire. Cuando García Cuerva fue designado, Malena Galmarini, titular de Aysa, esposa del ministro-candidato, hizo circular fotografías del matrimonio junto al prelado. En algún encuentro ocasional, con seguridad, de su trabajo pastoral en villas de San Isidro. Tratando de exhibir una cercanía o una amistad que no sería tal. O que, al menos, no detendría al Arzobispo para decir o moderar lo que ve y piensa.

(clarin.com)