Un grupo de ONGs reparte alimentos todos los días frente a la Casa Rosada, pero el Gobierno rechaza que haya hambre

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Es una iniciativa impulsada por la Red Solidaria que congrega entre 200 y 400 personas diariamente; los martes es el día de mayor concurrencia porque distribuyen empanadas calientes

Los martes es el día en que la fila para comer es más larga que lo habitual. Casi tanto que su final queda a solo unos 25 metros de la reja que separa a la Casa Rosada de la Plaza de Mayo. Una postal que se repite con más de un centenar y medio de personas por día, a veces muchas más, a veces algo menos, que va hacia la plaza más emblemática del país a buscar una ración de comida caliente para paliar el hambre. Es una situación que se repite en un país que acumula 40% de pobreza, pero que para la portavoz de la Presidencia, Gabriela Cerruti, no es una señal de alerta. “En la Argentina no hay hambre”, dijo hace dos días la funcionaria.

La razón por la que los martes son más que de costumbre es tan simple como elocuente: ese día se entregan empanadas. Llegan calientes, en cajas de la empresa que las dona, en una novedad que pasó rápidamente de boca en boca por la gente que busca comida en la zona. Y que ese día prefiere sumarse ahí en lugar de ir a otras plazas, iglesias o comedores, como habitualmente hacen. Porque aunque es el más concurrido, la posta de Plaza de Mayo es apenas una más de los varios puestos de entrega de alimentos que funcionan en la zona.

Su instrumentación comenzó hace once años con la acción de Red Solidaria y hay gente que va desde entonces, otros desde hace pocos meses o en los últimos años. Como Cinthia y su familia que empezaron hace cerca de tres años y por ahora no puede ni pensar en dejar de hacerlo. Es delgada y de sonrisa instantánea, pero con la mirada resignada. Tiene 32 años, está casada y es mamá de tres hijos: Aitana, de 6; Dylan de 10 y Leandro de 15, con los que va diariamente a cenar allí. El almuerzo los chicos lo hacen en la escuela. Ella a veces en su trabajo, otras se arregla “con lo que puede”.

“La plata no alcanza”, cuenta y explica que eso es pese a que ella y su esposo Walter trabajan todos los días. Ambos trabajan como empleados de limpieza, ella mientras los chicos van al colegio, él durante la noche. La plata se les va, mayormente, en el alquiler de una habitación de hotel, sobre la calle Chacabuco, que comparten los cinco.

Llegaron desde Avellaneda, donde antes alquilaban una casa, pero cuando la dueña no quiso renovar más, tuvieron que comenzar de nuevo. La búsqueda resultó infructuosa. La solución fue la habitación en la que viven los cinco y que a Cinthia desespera. “Obvio que es mejor que estar en la calle, que es lo peor que hay, pero me gustaría tener una casa”, cuenta. Intentó acceder a un plan de vivienda, pero no pudo avanzar. “Como mi sueldo no alcanza al mínimo vital y móvil, o algo así, no puedo aplicar”, explica. “Mi marido y yo trabajamos, pero no alcanza para nada”, insiste con la mirada puesta en un punto perdido. El alquiler de la habitación, algunos gastos básicos de los chicos y los viajes en colectivo, dos veces o tres veces por semana, para que Dylan entrene en el club donde juega como arquero consumen rápidamente el presupuesto familiar.

“Yo pienso en ellos”, dice y mira a Aitana y Dylan, que sentados a los pies de un banco de cemento a pasos de la avenida Rivadavia, comen empanadas y juegan entre ellos. “Pienso en dejarles un lugar seguro. Es lo único que pido. Por eso trabajo, pero no hay caso”, insiste.

Mientras ella habla, la entrega de comida se sucede en filas ordenadas, frente a los bancos de cemento sobre la avenida Rivadavia. Allí los voluntarios ubican ollas, cajas, o los diferentes contenedores en los que llega la comida todos los atardeceres, cuando el sol empieza a bajar y el frío se hace más extremo. Mientras la gente sale apurada de los edificios de la zona, rumbo al subte o el metrobus, y mientras al sur puede verse el helipuerto de la Casa Rosada o la salida rauda y casi constante de autos de las flotas oficiales en las que se desplazan funcionarios.

El trabajo solidario empezó en el lugar hace 11 años, un invierno extremo. Fue con el operativo #fríocero de Red Solidaria, y quedó. Desde entonces el número de personas que asisten de lunes a lunes a buscar un plato de comida fluctúa. El movimiento creció tanto que se fueron sumando, englobados bajo la articulación de Red Solidaria, distintas agrupaciones: Caminos solidarios los lunes; los martes y viernes la propia Red, los miércoles, Hogares de Cristo; los jueves Fundación San Carlos; los sábados la Catedral Anglicana y los domingos, Ayuda Urbana – Iglesia Adventista. La comunión entre los equipos es total y en el trato con quienes asisten hay camaradería y horizontalidad.

Lo sabe, por ejemplo, Rubén Darío, un hombre de 47 años que llegó aquel primer invierno y sigue yendo. Vive a una cuadras, en una pensión sobre la calle Bernardo de Irigoyen, donde trabaja como encargado. Heredó el puesto de su mamá. Cuenta que completa su sueldo con un plan de 21 mil pesos, pero aún así no llega a fin de mes. Por eso sigue yendo a ese lugar después de más de una década. El lazo que tejió hace que también colabore con la organización. Sabe, como pocos, las historias de quienes van. Lo que hacen, cómo se las rebuscan, desde dónde llegan. También sabe que las novedades que allí se suceden corren fácil entre las personas que necesitan un plato de comida y normalmente van a otras plazas donde también se las dan o cuentan con la ayuda de algún vecino.

Porque si hay un fenómeno que desde la organización explican que cambió en el último tiempo e impactó en cierta forma en la baja en la asistencia a los puntos de entrega de comida es que la pandemia dio pie a mayores muestras de solidaridad y ahora hay muchos vecinos que ayudan particularmente. “La gente capaz tiene alguien cerca de su casa y lo ve pasando hambre, entonces le pregunta y le baja un plato de comida caliente”, describen los impulsores de la iniciativa, explicando el motivo por el que por momentos se percibe una baja. Es la parte positiva. La negativa es que la gente sigue pasando necesidades, que no son cubiertas por el Estado.

En las filas de quienes esperan recibir su plato hay muchos que antes no tenían que hacerlo. Son personas que el sistema expulsó hace poco y asisten a una realidad impensada. Tanto que evitan dar su testimonio. En la organización cuentan que los primeros años son claves cuando alguien cae del sistema y queda en la calle. “Hay que ayudarlos y actuar lo más que se pueda rápidamente, porque si en los primeros dos o tres inviernos no vuelve a incorporarse al sistema ya después es muy difícil que lo haga”, explican.

Desde la organización también promueven dar aviso cuando se ve a una persona en situación de calle. En paralelo a eso la solidaridad no solo se plasma con la entrega de comida. La semana pasada, cuando la temperatura bajó a los cinco grados durante tres noches, las personas en situación de calle pudieron pasar esas horas en “Micros solidarios”. Los dispuso la fundación de una reconocida línea de buses de larga distancia como una forma de eludir las bajas temperaturas. Entre la cena y la hora de dormir tenían un plus con paseos por la noche de la ciudad que habitualmente solo ven parcialmente. Allí participó G., una de las señoras que habitualmente va a comer a la plaza. Hasta entonces a nadie le había dicho que no tenía dónde dormir.

Cecilia Devanna – LA NACION